Una autorización recoge lo que la persona de la imagen ha aceptado: qué imágenes, para qué usos, en qué medios, durante cuánto tiempo y en qué regiones. Una amiga que posa con una chaqueta para una tienda pequeña, una clienta que envía una foto con un producto puesto y una profesional contratada a través de una agencia necesitan cada una un acuerdo claro antes de que la imagen se use con fines comerciales. Las agencias suelen aportar su propio contrato con los usos permitidos detallados.
El alcance es donde surgen los problemas. Una autorización para un sitio web puede no cubrir la publicidad de pago, la impresión ni una ficha de marketplace; una contratación por tiempo limitado puede terminar mientras las imágenes siguen publicadas; ediciones como colocar a la persona en una escena nueva o cambiar su cuerpo pueden quedar fuera de lo acordado. Algunos marketplaces piden a los vendedores conservar el permiso de la modelo antes de que una cara aparezca en una imagen de producto. Guardar la autorización firmada junto a los archivos de imagen facilita responder a una pregunta posterior.
Las herramientas generativas añaden preguntas nuevas. La foto de una persona real usada como referencia, o una cara trasladada a una imagen generada, sigue mostrando a esa persona, y el permiso debería nombrar esos usos de forma explícita. Un modelo sintético no implica a ninguna persona real, pero las condiciones de uso comercial de la herramienta siguen aplicándose. Los requisitos difieren entre países y plataformas, por lo que conviene contrastar la redacción de cada autorización con los usos realmente previstos.
