Las lámparas se sitúan fuera de las paredes, y la propia tela se convierte en fuente de luz por todos los lados. Una lámina blanca curvada en el interior forma el fondo. Para un vendedor sin estudio, una caja de luz sobre una mesa ofrece un montaje que se repite producto tras producto. Conviene a joyas, relojes, cosméticos, pequeña marroquinería y zapatos sueltos, y convierte los reflejos de los productos brillantes en zonas blancas amplias y uniformes en lugar de una habitación, una ventana o el fotógrafo.
La luz desde todos los lados elimina también las sombras que describen la forma. Los acolchados, los relieves y la curva de una botella se aplanan, y un producto blanco sobre el suelo blanco pierde su contorno. Iluminar una pared con más intensidad que las demás devuelve la forma. El límite de tamaño es estricto: un producto que casi toca las paredes recoge manchas claras irregulares, y las prendas en percha o en maniquí no caben en absoluto. El blanco del interior de una caja de luz tiende además a fotografiarse gris claro, no blanco puro.
La cámara mira a través de una ranura del panel frontal, y el metal pulido y el vidrio reflejan esa ranura como una línea oscura o muestran en ella el objetivo; cerrar la abertura alrededor del objetivo elimina el reflejo. El polvo, las pelusas y las arrugas del suelo de tela tienen a esta escala el mismo tamaño que los detalles del producto, por lo que la lámina del suelo se mantiene limpia y lisa. Un producto de color intenso también puede teñir las paredes blancas, que devuelven ese color a sus bordes.
